domingo, 29 de marzo de 2009

HELICOPTEROS EN EL CIELO DE ANTOFAGASTA


- Creí que “ traición” era vuestra palabra favorita.
- No, no... es “crueldad”. Siempre me ha parecido que suena más noble.

Diálogo entre el Visconde de Valmont y la marquesa de Merteuil
“Las amistades peligrosas” – Stephen Frears -




1. Lekaíno



Me siento tan culpable, pero no puedo parar de reír.
De niño siempre fui mentiroso. Me pasaba el día entero cavilando embustes para contárselo a las niñas tontas que se creían todo. Me acuerdo que la que siempre me hacía caso en todo era Grimaldina, la niña rubita que estaba en mi colegio del pueblucho. Nunca más supe de ella desde el día de la noticia del fin del mundo que yo había escuchado en la radio evangélica.
Al tiempo después mi padre compró las tierras de la familia de Grimaldina, amasó una pequeña fortuna y nos mudamos al norte cerca del Perú para hacer una nueva vida. Yo tuve que aprender a controlar estas locas ganas de mentir todo el rato pero lo logré a base de chuletas y tirones de oreja.
En la actualidad, después de intentar sacar Medicina, Ingeniería y Arquitectura (carreras de las que me echaron) acabé en Derecho. Aquí encajé perfectamente y estoy a punto de terminarla.
Ahora, que me queda poco para titularme, hago unas horas de prácticas en un despacho del centro de la ciudad, Antofagasta, del cual es dueño mi padre. Allí los abogados me tratan divinamente porque todos en algún momento han asesorado a mi padre en asuntos de concesiones de exploración. En los temas que lleva mi padre no profundizaré porque desde que tienes negocios mineros con el hombre más rico del país está de un irascible que no hay quien se le acerque. Después de todo esta historia trata sobre mí.
En el buffet de abogados, como decía, todos me respetan y se dirigen a mí con mucho tacto porque saben que heredaré absolutamente todo aunque sepa que en el fondo me envidian y odian. Sólo hay una persona que merece mi respeto: Patrice, el novato, que estudió como yo Derecho y el único que me mira a los ojos al hablarme y si cometo errores es el único que me enfrenta y me dice que lo he hecho fatal y que no entiende cómo es que estoy a punto de titularme. La honestidad es mi virtud favorita, que quede claro, aunque eso no significa que yo la profese.
Patrice es la única persona con la que podía hablar con sinceridad y sin temor a nada. Eso se agradece. Una noche que nos quedamos en el buffet redactando unos informes nos tomamos un par de whiskys charlando sobre nuestras respectivas vidas. Patrice había nacido en El Salvador, esa ciudad que desde el cielo tiene la forma de un casco minero, y vivía en la ciudad desde pequeño como yo. Prácticamente habíamos ido a los mismos colegios y habíamos estado en los mismos eventos sin reparar el uno en el otro. Físicamente medía un metro ochenta como yo, era de piel pálida y unos ojos verdes que parecían salidos de una película de ficción. No era un bellezón de tío, pero si analizabas su conjunto podías decir que era atrayente como atrayentes son las serpientes que se enroscan en las patas de los caballos. Patrice era así; interesante, peligroso, con una imaginación bullente y una fuerza de voluntad que rallaba en la locura. Yo, por el contrario, era un chico físicamente normalito pero muy bien vestido. De mí sólo destacaría mi capacidad enfermiza de mentir, curiosa característica que despertó al conocerle y volvió a apoderarse de mi intelecto.
Nos hicimos muy amigos; tan amigos como podrían llegar a ser una serpiente y un ave de rapiña. Si yo, con mis mentiras, había alcanzado la maestría; él había conseguido llegar a ser el más fino de los perfumes europeos dentro de la nauseabundez de las malas acciones de la gente. Era mi ídolo.
¿No suena gracioso que una serpiente sea amiga de un ave de rapiña? A los enemigos se les debe tener siempre al lado.
Por aquel entonces estaba en alza el uso de Internet para conocer gente y nos entreteníamos charlando y conociendo gente por Internet a la que citábamos en el despacho para jugar a quién conocía a la persona más inteligente que no superara los treinta años. Les hacíamos venir, le desnudábamos a preguntas y luego nos íbamos a tomar copas por los bares. Algunas noches cogíamos el coche y recorríamos la ciudad olfateando gente en apuros que hubiesen salido a airearse. Les ayudábamos a encontrar trabajo, les asesorábamos gratis con sus problemas y les financiábamos algunos caprichos a cambio de ser nuestros amigos incondicionales, porque dos caballeros malditos como nosotros necesitan siempre de alguien en cada recoveco de la sociedad ya sea hoy o en el futuro.
Un viernes por la tarde Patrice se negó a salir de la oficina y prefirió que nos quedásemos en el buffet todo el fin de semana encerrados. Mientras nos tomábamos un café y un cigarrillo en el hall de entrada me miró a los ojos y me dijo lo mucho que me detestaba y admiraba a la vez. Por tal quiso proponerme apostar nuestro futuro en la empresa. Siempre lo supe: Él me quería cerca pero olía perfectamente que quería mi sitio junto a mi padre.
El trato fue el siguiente: tendríamos el fin de semana para que ambos lográsemos que un chico se enamorase de nosotros. La prueba no era demostrar que un hombre, heterosexual o no, puede cambiar o enamorarse en dos días, la prueba era que nosotros podíamos cambiar y mostrar sentimientos y, una vez lo lográsemos rechazar a nuestra conquista sin ninguna explicación. Ganaría quien se mostrara más cruel. La prueba sería más difícil si nos apoyábamos en nuestra propia naturaleza masculina calculadora. Entre hombres nos conocemos muy bien: A un hombre tenías que desbaratarlo desde el interior, hacerle dudar de sus deseos y elevarle a lo más alto de la rueda de Chicago para luego soltarlo en caída libre ¡Allí es donde se esconde el verdadero placer! En las lágrimas de quien te ha llegado a amar y que ahora te mira a los ojos incrédulo, desilusionado e indefenso ante la mordedura mortal de tu veneno.
Para completar la prueba debíamos ser lo más transparentes el uno con el otro informando de los avances que llevásemos a cabo. Eso sería fácil. Sería como el cuento de la abeja haragana y la serpiente en la cueva.
—¡Ah, ah! —exclamó la culebra, enroscándose ligero —. ¿Tú crees que los hombres que les quitan la miel a ustedes son más justos, grandísima tonta?
—No, no es por eso que nos quitan la miel —respondió la abeja.
—¿Y por qué, entonces?
—Porque son más inteligentes.
Y quien ganase se llevaría el premio de ver al menos despiadado salir del buffet el lunes por la mañana sin mediar explicación de modo de causar la peor de las impresiones y sufrir la mayor de las vergüenzas profesionales. Yo jugaba con ventaja, pero él algo ocultaba porque mostraba una seguridad en sí mismo que no era sana.
A dos minutos de haber comenzado la prueba conocí en un chat a un muchacho que se hacía llamar Lekaíno, oriundo de Iquique a 400 kilómetros de distancia, lo que complicaba mi prueba, pero decidí ser lo más temerario posible y ganarle terreno a mi rival contándole a mi víctima de qué se trataba nuestra apuesta: Un hombre que sabe que es parte de un engaño y sin embargo le dices que terminará por caer ¡Eso si es un reto!
Él por el contrario dejó de lado el chat y publicó online una foto suya en una página de contactos del principal periódico de la ciudad ofreciendo asesoría a hombres que quisieran casarse en el extranjero. Cinco minutos más tarde los teléfonos del buffet no paraban de sonar: Todo el mundo (gay) quería conocer y contratar al chico francés (mentira) que estaba al borde del despido improcedente de mi padre por ser homosexual ¡Encomiable! Tenía la mitad de la prueba conseguida y un sitio donde caer en caso de perder.
Mientras él cogía llamadas de parejitas yo le reservaba un vuelo a Lekaíno para que al día siguiente a primera hora estuviese en la ciudad y nos conociésemos. Antes de eso me desnudé completamente y me hice una fotografía que le mandé por mail a mi conquista. Cogí el teléfono y le llamé mientras me paseaba desnudo sobre la alfombra hereke de seda asegurándome de que mi voz tuviese el tono de voz adecuado. La voz de Lekaíno, a diferencia de lo que esperaba encontrar, era masculina, cálida y digámoslo así, madura al hablar sobre cómo era su vida, su familia, sus amigos y la ciudad en que vivía. Lo que yo le conté de mí, en plan íntimo, era todo una gran bola de mentiras que él ya se conocía perfectamente. Y es que debo decir que mentir me encanta.
Luego de hablar unos minutos le prometí enviarle el helicóptero de mi padre a recogerle, para acelerar las cosas, si aceptaba venir a la ciudad a pasar el fin de semana y conocernos. Lograría que él, aunque no le gustasen los hombres, se enamorara de mí y de la mentira de mi vida.
Lekaíno aceptó porque no conocía la ciudad y porque le prometí que podría conocer a Patrice, que era un encanto de muchacho y si yo no le entusiasmaba, podría quedarse con él todo el fin de semana con los gastos pagados en el mejor hotel de la ciudad. Luego de eso me vestí y colgué satisfecho con una gran sonrisa. Lekaíno llegaría a la ciudad poco después que la potencial cita de mi enemigo.
Patrice, por el contrario, citó en el despacho a uno de los chicos que le llamó y que estaba interesado en viajar a Europa a casarse con su novio y así emigrar para conseguir su permiso de trabajo y residencia ¡Iba a destruir una pareja seduciendo a este chico para que perdiese su futuro cuando cayese en caída libre! ¡Soberbio!
Eran las ocho de la tarde. Los últimos rayos violáceos de la tarde entraban por los cristales del despacho. Según pintaban las cosas teníamos algo tejido a pocas horas de haber empezado pero el resto de la noche pintaba negra y tensa.
“Fue una noche larga, interminable, que las dos pasaron arrimadas contra la pared más alta de la caverna”
Exactamente dos horas más tarde, entre llamadas de teléfono, cafés y cigarrillos, Patrice abrió la puerta del buffet y su cita apareció. Era un chico delgado ¡qué importa cómo se llamaba! de aspecto desaliñado con una extraña mirada que entró sin decir nada y se sentó a llorar en la recepción ¡Adorable! Estaba sufriendo porque no podía casarse con su novio y Patrice, su salvador, le aconsejaría sobre los pasos a seguir en España para casarse: Colmenar viejo, le sugirió. Cogió el teléfono y usando un registro de empadronamiento falso le apuntó para casarse allí dentro de dos meses. Tiempo suficiente para que él le preparara permisos de trabajo y residencia acelerados completamente gratis. Mientras hablaba con él le sirvió una copa de champán y le preguntó por su novio. El chico dijo que le pasaría a buscar al buffet más tarde al salir de su trabajo en el Club de Yates ¡Perfecto!
¡Dar ilusiones a un desconocido! Lo que hago todos los días Patrice lo hacía mejor que yo con una soltura bestial, sin cobrar nada y divirtiéndose ¡Crueldad!
Lekaíno me telefoneó desde la calle. El chofer de mi padre había aterrizado en el helipuerto y le había traído en coche atravesando la ciudad. Me asomé por el ventanal de la oficina hacia la calle ¡Allí estaba él justo en la esquina con un pequeño bolso de mano al hombro!
- Baja - me dijo muy nervioso - nunca había hecho una locura así.
Bajé en el ascensor asegurándome de que Patrice no me perdiera de vista desde lo alto del edificio. Detrás de él se asomaba tímido el rostro de su futura conquista. Sin darme cuenta le había regalado unos minutos preciosos a solas con él mientras yo intentaba convencer a Lekaíno de que todo era verdad para que subiera al buffet sin miedo alguno.
¡La fiesta recién comenzaba!









2. Patrice


Por el ventanal del edificio le veo bajar y cruzar la calle Prat en búsqueda del tal Lekaíno. Mi visita se ha impacientado y quiere que le siga dando más información de cómo casarse en el extranjero, pero a mí sólo me preocupa ganar la apuesta con mucha ventaja, porque ya sé que ganaré, a mi amigo Pablo. Le sirvo otra copa de champán y que se espere como ha esperado tantos años para salir de aquí de la mano con su novio y casarse en España. Esperar algo más no le hará daño, se ha apoyado en mí y ahora tendrá que confiar en mi sapiencia.
Pablo camina con mucha seguridad hacia su cita sin saber que he cogido su número de teléfono y lo he publicado por todas partes en Internet. Tendrá que intentar ganarme atendiendo a todas las llamadas que recibirá y en algún momento tendrá que apagarlo. Cuando lo haga, habré ganado la mitad de la prueba.
- Hola Pablo – le digo al móvil mientras le veo a través de los cristales. Pon el altavoz de tu teléfono para que haya transparencia, ya sabes.
- ¿Qué quieres? – me pregunta nervioso mientras habla algo que no alcanzo a escuchar con el chico ese.
- Me has dado ventaja dejándome solo aquí arriba – le recrimino – pero no importa porque sabré devolverte la mano y quedar iguales.
Escucho cómo le pregunta por el libro que lleva en una mano y de qué se trata. Lekaíno le dice que es un libro escrito por él mismo y que espera le ayude con contactos editoriales que le prometió. Me sonrío de mala gana. Lekaíno le da la espalda, se ha distraído mirando un escaparate. Escucho cómo le dice que está hablando conmigo por teléfono y que en un momento estará con él.
- Tengo que cortarte – me dice.
- Haz como que me has cortado y mantén el móvil en la mano – le respondo – quiero escuchar todo lo que habláis.
Pablo acepta. Se acerca a Lekaíno y le dice que le encantará leer su trabajo y que se encargará de recomendarlo a los amigos editores de su padre para sacar una edición y venderla ¡Pedazo de mentiroso!
El chico le ha dado un sobre que saca de su bolso de mano; es un sobre grande de papel por lo que alcanzo a ver. Luego le ha hecho un par de preguntas algo extrañas que escucho a través del móvil abierto de Pablo.
- ¿Qué tal el vuelo en helicóptero? – le pregunta.
- ¿Qué helicóptero? – le responde éste – yo vivo a un par de calles de aquí.
- Eres Lekaíno ¿no? – pregunta Pablo extrañado - ¿No has venido desde Iquique?
- ¿De qué me estás hablando? ¿Estás drogado?
Río a carcajadas satisfecho. Pablo le invita a subir según lo acordado pero el chico se niega nervioso. Yo creo que te confundes, le dice, yo no soy así.
- Has estado hablando conmigo hace un rato, vives en Iquique, he mandado al chofer de mi padre a buscarte en Helicóptero a tu ciudad ¿No lo recuerdas? – Le recrimina Pablo - ¡Yo creo que tu eres de esos tipos que chatean con mucha gente a la vez, que se olvida de su propio nick y se confunde con todas las mentiras que suelta en Internet!
Mal paso Pablito, pienso, pero a ver como sales de ésta. Yo creo que hemos dado con un tío más listo y mentiroso que nosotros dos.
El supuesto Lekaíno se acerca amenazante a Pablo y le dice: Yo hablé con alguien por chat que prometió leer mi libro y supongo que eres tu, lo he traído, te lo dejo, lo lees y decides si vale la pena publicarlo o no. Si no te gusta lo tiras y se acabó el cuento.
Pablo corta el teléfono y me asusto, pero luego le veo cruzar la calle con el libro en la mano. El supuesto Lekaíno no ha subido con él, se ha quedado en la calle tan tranquilo. Sólo en este momento pienso en lo que estamos haciendo y en que se nos va la cabeza. Aún no entiendo como hay gente por ahí que confía en nosotros.
Antofagasta no es una gran ciudad, es más bien pequeña en extensión, de noche puede parecer tranquila pero engaña y mucho. Los crímenes más atroces se han perpetrado en ciudades desérticas donde parece que la vida humana no vale nada. En esta ciudad puedes pasear por las calles y advertir que, si eres distinto, todos te miran y lo hacen a los ojos si ven que vas contra la corriente y eso da mucho miedo. A pesar de que lo nuestro es sólo una apuesta tonta por un trabajo no deja de preocuparme que puede andar suelta por el mundo gente más ociosa y dañina que nosotros.
Pablo abre la puerta del despacho intentando que la indignación no se le note en el rostro pero es muy mal actor. Está convencido que siendo directo, explícito y bruto puede engañar a la gente. Le tiene demasiada fe al poder del dinero, dinero que no tiene ni tendrá nunca porque no sabe qué es eso, ni cómo se gana con esfuerzo ni cómo se pierde con estilo. El sólo sabe que el dinero está ahí para comprar a la gente; que puede plantarse frente a alguien y decir: tu canta para mí, tu baila y diviérteme, tu desnúdate, tu ponme una copa, tu quiéreme más, tu quítate de mi camino, tu cómprate algo bonito, tu déjame entrar a tu discoteca exclusiva, tu olvídate de mi. Y en la vida no se puede actuar así, no se puede. Él solo entiende el amor como Esto es tuyo, esto es mío.
¿Tu, si tuvieras mucho dinero, actuarías así? Estoy seguro que sí. Los pequeñitos y los miserables que se dan un golpe de suerte son los peores. Es su naturaleza.
Pablo, desde luego, no lo tiene por lo que no entiendo cómo puede actuar así tan despectivamente con todo el mundo creyendo que nadie se da cuenta. Aquí en el buffet cada vez que le ven salir por las mañanas es un corrillo de comentarios bienintencionados de su parte a todo el mundo que llega a trabajar, deteniéndose cada cinco metros con cada uno de ellos, saludando con un grandilocuente ¡Buenos días!, ¡qué bien te queda esa chaqueta! ¡Qué lindo peinado te has hecho! ¡Cada día estás más delgada! ¡Es idea mía o estás más musculoso! ¡Feliz cumpleaños! ¡Felicidades por tu hijo! Es un hombre sin pasado ni clase y no tiene interés en tenerlo. Voy a tener que enseñarle haciéndole pasar algo de miedo.
Pablo tiene una mirada derrotista pero fija su atención en mi visita: el chico que quiere casarse con su novio.
- ¡Tu como te llamas! – pregunta encendiéndose un cigarrillo.
El chico se llama Miguel. Un nombre común para un chico común con una vida común pero sin mayor ambición que ser feliz con su chico. Lo miro. Está hojeando unos papeles que están sobre un escritorio y dice su nombre sin prestar mucha atención a Pablo que se va a por una copa con el libro de Lekaíno en la mano.
- ¡Miguel qué! – vuelve a preguntar - ¿No tienes apellido?
- Déjale en paz – digo – le estoy asesorando con los trámites que tiene que hacer para casarse sin problema en Europa.
El móvil de Pablo suena insistentemente. Me mira ofuscado y yo sonrío. Sé que han comenzado a molestarle sin parar desde que ha entrado al edificio con llamadas al móvil y le escucho hablar con desconocidos: gente que le pide una cita, que le pide una pizza, que le pregunta qué lleva puesto, que quieren denunciarle, que quieren explotarle. A todas ellas corta furioso. Es un hombre sin control bajo presión como siempre supe.
Miro la hora, es la una de la madrugada. Nuevamente Pablo recibe otra llamada pero esta vez se detiene a pensar antes de responder. Sé que es el chico del libro que le está pidiendo algo y esto le irrita más pero a pesar de esto tiene tiempo de hacer una estupidez sin límites dándole el teléfono fijo del buffet. Apaga el móvil y lo lanza contra la pared para seguir leyendo el libro ése. Sé que algo está tramando.
Miguel se ha asustado un poco pero luego sigue hojeando unos papeles.
Me acerco a él. En las manos tiene dos grupos de curriculums, a un lado tiene a la gente con foto y en otro los curriculums de gente sin foto y me explica que si fuese jefe de personal no contrataría a nadie que no pusiese una foto nítida en ellos, luego cogería a la gente que le diese la impresión de tener menos problemas porque, aunque suene incoherente, esta gente es la que primero se larga dejando todo tirado. Y finalmente, de este grupo llamaría a entrevista a los que tuviesen alguna incapacidad física y que no tuviese problema en ponerlo en un curriculum.
- Miguel – le digo - ¿tienes trabajo? Si lo tienes quiero que renuncies inmediatamente y comiences aquí el lunes en Recursos Humanos. Estoy seguro que las condiciones económicas te vendrán bien, podrás ahorrar y hacer tu vida con tu chico con un futuro más estable y haciendo las cosas con cautela.
El rostro de Miguel se ilumina maravillosamente, coge el teléfono para llamar a la consultora donde trabaja y deja un mensaje en el contestador renunciando en mis narices sin pensarlo, lo que me hace desestimar mi pequeño triunfo porque en lo fácil no hay reto ¡Me siento tan desdichado en esta ciudad donde no hay sitio para mí!
Después de pensarlo, Miguel sólo trabaja en una consultora minera y por muy mal que quede puede volver una y otra vez a cualquier otra. Le sugiero que me firme un contrato que le vincule aún más y, si nos demanda, será el buffet quien responderá por mí.
La lectura de Pablo se detiene cuando suena el teléfono del buffet. Es Lekaíno que quiere saber cómo va la lectura del libro. Les escucho discutir hasta que cuelgan. El teléfono vuelve a sonar insistentemente pero Pablo ya no lo vuelve a coger.
Pablo, Pablito. Has cometido un error muy grave.





3. MIGUEL


Yo no sé nada.
De esa noche sólo me acuerdo que fui al edificio maldito ese de calle Prat a dejar una pizza que encargaron sobre las diez de la noche. Me abrieron abajo en recepción y el de la entrada me dijo que allí no habían pedido nada. Pensé que el guardia ése quería que se la dejase gratis y aproveché un descuido suyo para colarme al ascensor y subir a la planta que me habían dicho. Una vez arriba toqué el timbre del buffet de abogados y la puerta se abrió sola. Entré pero no había nadie. Estaba todo a oscuras y solo se veían las luces de la noche colándose dentro.
Dejé la puerta entreabierta y tuve la sensación de que me hablaban muy cerca, casi al rostro. Me llevé un susto que se me saltaron las lágrimas y me senté en una silla para recuperarme. Sentí como una brisa que me atravesó y la puerta del buffet se cerró de golpe como si alguien hubiese salido con prisa al ascensor.
Me olvidé de la pizza y de todo. Estuve jadeando asustado un rato y en la oficina aquella escuchaba a alguien respirar, un hombre quizá. Me acerqué al ventanal y estuve mirando a la calle un rato hasta que empañé el cristal de la ventana.
Cuando se me quitó la taquicardia, sentí como si hubiese regresado alguien a la habitación y la puerta volvió a abrirse. Estaba paralizado, no podía moverme del miedo y los teléfonos del buffet comenzaron a sonar todos, absolutamente todos. Cogí uno: al otro lado de la línea había alguien preguntando por una editorial a esas horas. Colgué como un autómata y marqué a la pizzería con una mezcla de felicidad muy rara. Llamé, desde ese mismo teléfono, y renuncié. No quería saber nada más de este trabajo.
Apenas lo colgué saqué fuerzas de flaqueza para salir corriendo de allí hacia el ascensor sintiendo que me llamaban por mi nombre pero no quise volver la vista atrás.
El guardia de seguridad de la entrada me detuvo por colarme y llamó a la policía a la que conté esta misma historia.
Desde ese día evito pasar frente al edificio éste, el más alto de la calle Prat porque allí sé que ha pasado algo raro.


4. PABLO


Tenía la mala costumbre de quedar con gente de los chats porque me sentía solo. Cuando me convencí de que no era ese el medio correcto de conocer a nadie me decidí a charlar sin más usando distintos nombres y soltando tonterías a destajo con tal de que se me ocurriesen ideas y pudiera inspirarme para seguir escribiendo, que es lo que más me gusta. En la central de teléfonos de taxis que está por el Estadio Regional, algunos días no suele haber mucho trabajo y así me entretengo escribiendo y escribiendo. Yo creo que no soy muy bueno pero no por eso voy a dejarlo. Quizá algún día salte la liebre como dice mi amigo Isaías.
He enviado algunos trabajos a las editoriales y he conocido a algún editor interesado en publicarme pero no pasa más allá de un simple interés.
Una tarde de viernes, estando en casa, me puse a charlar con un tipo que se llama Pablo, decía que trabajaba en el buffet de su padre que era uno de esos nuevos ricos y me pidió que le imprimiera un trabajo y se lo llevara con el compromiso de leerlo y, si era bueno, editarlo en Santiago. Me habló de su vida a grandes rasgos y como me cayó muy bien le dije que escribiría un cuento imaginándome la vida que yo creía que él tenía. Él aceptó muy agradecido y le comenté que en un par de horas me acercaría con el cuento que escribiese y se lo dejaría dentro de un sobre con mi novela dedicado. Pablo me pidió que lo hiciese con el detalle de que hablara de un amigo suyo también que se llama Patricio o Patrice, algo así y que me inventara algo que a mí me viniese en gana y así lo hice. Estuve escribiendo una historia improvisada y la imprimí. Salí corriendo de casa y quedé en juntarme con él en el Paseo Prat por la tarde, sobre las ocho, no recuerdo bien. Llegué y llamé a su móvil pero nadie respondía. Debí imaginarme que era una jugarreta como las que hace esta gente de los chats y estaba a punto de irme cuando un chico vestido de uniforme de vigilante de seguridad cruzó la calle y me preguntó algo de un vuelo en helicóptero. Me asusté un poco porque hay mucho loco suelto por ahí y éste me arrebató el sobre con el libro de las manos. En el forcejeo el sobre cayó al suelo. Al mirar hacia abajo no había y el chico había desaparecido. Me quedé paralizado unos minutos sin creer lo que me estaba pasando. Luego de un rato eché a caminar sin dirección. Llamé al chico éste pero no logré hablar con él. Cada vez que le llamaba no lograba escuchar nada. Así estuve hasta que me saltó la grabadora del móvil dándome un teléfono fijo al cual llamé muchas veces sin obtener respuesta. Ese “algo” me había robado mi libro. Lo peor es que no sé bien qué sucedió, no tengo una respuesta racional a ello.
Sigo escribiendo, pero ahora lo hago sólo para mí.
Con el tiempo, leyendo las noticias en el periódico, leí que habían detenido a un repartidor de pizza que intentó colarse esa noche al edificio. Sólo decían que después de detenerle había estado preso una noche y que al final lo habían soltado.
Meses después volví a leer una esquela recordatoria con el nombre de dos guardias de seguridad que había muerto por un escape de gas. Eran dos chicos que estudiaban Derecho y que hacían prácticas en uno de los buffets del edificio. Esa era la versión oficial.
Mi versión es la que cuento en esta historia: que esos dos chicos aún habitan esas oficinas y se pelean por saber a cuál de ellos recuerda la gente después de muertos y cuál de los dos puede haber dejado huella en sus seres queridos como para apostarse a cuál de los dos se les extraña más.
Según mi opinión a ninguno se les recuerda. Es por eso que entran en contacto con alguien que cuente su historia y así no olvidarles por los siglos de los siglos. Sólo a eso puedes aspirar si no has dejado huella y has desaparecido de manera violenta. Sólo a eso.
A veces, cuando me aburro en el trabajo, sigo llamando de noche al buffet para escuchar lo que dice el silencio de ese lugar en lo alto de ese edificio.


Pre - Epílogo


Son las siete de la mañana. Hora en la que Pablo y Patricio deberían salir de su turno de vigilancia en el buffet de abogados de ese edificio. Ya les han reemplazado por otros después del escape de gas. Pero ellos continúan yendo a trabajar de viernes a domingo haciendo lo mismo que hacían en vida: mentir sobre sus vidas imaginando que uno de ellos es el hijo del dueño de todo y el otro que le hace el peso en inteligencia. También se entretienen esos largos fines de semana encerrados en esa oficina estudiando para exámenes que jamás rendirán, enfrentando opiniones, resolviendo casos ya resueltos y buscando nuevas causas que apoyar. Juegan con la gente y compiten sobre a quién recuerdan más sus seres queridos.
Según Pablo es él quien ha ganado porque ha logrado que una persona anónima escriba algo sobre él, que quizá no se ajuste a lo que él realmente era pero es una buena aproximación. Después de todo él mismo siempre decía que era un hombre muy mentiroso así que nos conformaremos con esta mínima descripción.
Patrice no logró superar el logro de su amigo y cada viernes noche trama nuevos retos para probar su poder de convencimiento sobre la gente incitándoles a hacer cosas que no quieren realmente hacer.
Según mi entendimiento ambos han sido olvidados, aunque no puedo evitar sentir curiosidad cada vez que paseo por la calle esa del edificio y mi imaginación despierta al escuchar el siseo de las hélices de un helicóptero volando sobre la ciudad.
Ahora que sé que Pablo ganó su apuesta, entiendo porqué se siente tan culpable y, a pesar de eso, no puede parar de reír.






5. Pablo, Pablito...


Me quedé con el libro que escribió Lekaíno en la mano leyéndolo, pero luego cogí el sobre y saqué de su interior las hojas con el cuento que hablaba sobre “mi posible e inventado yo” y se lo alargué a Patrice en señal de triunfo para que lo leyera. Pero él siempre fue orgulloso.
- En unas cuantas horas le he arrancado a un desconocido una muestra de amor sin apenas conocerme – le dije – Con esto podemos decir que he ganado.
Patrice estaba indignado. Esta eternidad a la que estábamos condenados no la llevaba nada bien y el limbo era para él como el infierno, solo en mi compañía.
- ¡Las mentiras te han condenado a vivir como un fantasma, sin pasado ni futuro! ¡Quieres que te recuerde cuánto duele ahora el presente! – me respondió entre gritos.
Le miré perplejo. Decir que estaba fuera de sí sería una redundancia vulgar, pero lo estaba. Dentro de él había tanto odio que parecía que su piel se transparentaba.
- ¡Yo tengo poder sobre la gente! – repetía – ¡he obligado a alguien a renunciar a algo que tenía!
- Era un pobre repartidor de pizza, le has metido un susto y ya está – le dije – lo que hice yo hummm... ¡eso es perfume!
Se abalanzó sobre mí y nos golpeamos contra el duro cristal que nos separaba del abismo hacia la calle. Estuvo un tiempo que fue infinito cogiéndome del cuello y escupiéndome a los labios todo el odio que sentía por mí. Así quería verle, derrotado y fuera de control. Yo había ganado.
¿No recuerdas el día ése del escape de gas?
Esa era su defensa: apoyarse en la versión oficial que desconozco cómo llegó a creerse. La versión oficial que yo muy bien recuerdo es que nos dimos de golpes hasta quedar inconcientes en el suelo. El escape fue posterior. Al día siguiente nos encontraron así.
Yo jugaba a ser importante mientras estaba entre esas cuatro paredes. Él jugaba a probar que era mejor que yo. Pero una vez que nos quitábamos el traje de guardia de seguridad y nos vestíamos de estudiantes de derecho que trabajan los fines de semana para pagar los estudios, el juego y la rivalidad se acababa.
Salíamos como buenos amigos. Tan amigos como una serpiente y un ave de rapiña.
Miro a través de los cristales. Su mano sigue aprisionándome el cuello y miro hacia las luces de la ciudad. Ser más desgraciado de lo que soy es imposible. Si hubiese podido elegir el modo de irme de aquí desde luego no hubiese elegido éste. Toda la eternidad viendo las vidas de la gente pasar frente a mis ojos a través de una ventana mientras yo soy eterno es el peor castigo: ver los triunfos y las caídas, los segundos de felicidad y las penas que duran cien años en el rostro de la gente que entraba al despacho cada día me volvía loco. ¡Porqué!
Patrice apretaba cada vez más pero no sentía nada. Apretaba como si quisiera con ello detener el tiempo y quedarnos aquí, encerrados para siempre, como la abeja haragana y la culebra de ojos verdes en la cueva del buffet.
Ahora sé porqué no puedo parar de reír por muy culpable que me sienta al haber arrastrado a alguien más a mi prisión del limbo.
¿Y mañana a qué jugaremos? Algo se nos ocurrirá.
Yo ya demostré que puedo dejar huella en alguien. Él, que puede influenciar a los vivos a hacer cosas que no desean hacer ¿Pero y qué ganamos nosotros? Si tan siquiera nos divirtiésemos como dos amigos.
“Todavía el hombre no inventaba las huellas...”
Al susurrar estas palabras de un poema de Andrés Sabella él se calmó y me abrazó con más fuerza aún. Yo era lo único que tenía y se derrumbaba como un rascacielos de naipes que cae ladrillo a ladrillo a las calles aplastando los sueños de las personas que aún tienen la osadía de luchar por un futuro mejor.
Esa noche morí una vez más junto a él. Apoyamos nuestras manos desnudas en el cristal de los ventanales sin sentir el obligado frío y nos dejamos llevar por la idea de lo que nos perdíamos fuera más allá de los edificios, de los coches y de las almas noctámbulas. ¡El mar! ¡Cuánto añoraba el aroma del mar!
Y entonces sentí cansancio. Por fin una sensación humana que tenía olvidada.
Miré hacia el rostro de Patrice y le dije “Lo siento” entre lágrimas; con todas las lágrimas que había retenido encerrado allí.
Ahora no sé donde estoy.
Sé que él se ha quedado allí porque fue incapaz de decir palabra alguna de perdón y le pudo más el odio. Por esa razón es que yo podía aventurarme más allá del edificio y dar algunos pasos en la calle, porque nunca olvidé que antes de morir tenía sentimientos que van conmigo donde vaya y jamás me abandonarán.
Él, mientras no acepte esto, seguirá encerrado y detenido entre esas cuatro paredes sin nadie que le haga compañía y le ayude a aceptar su condición.
La eternidad sumido en un error. Ciego.
Yo soy libre.

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